miércoles, 2 de noviembre de 2011

Prólogo:


Era noche cerrada. Verónica reía abiertamente. No paraba de besarle. Tampoco quería parar. Un gato negro cruzó la calle. Estaba con él, sentía el olor de su desodorante muy de cerca.
Él la miró a los ojos. Ella se mordió el labio superior. Le habría gustado quedarse congelada en aquel segundo. Pero no, el tiempo no puede congelarse, y menos aún si tienes el calor de sus besos. El tacto de su lengua en la tuya. Tienes esa mano que te toca el pecho izquierdo. Y su cazadora puesta para protegerte del frío. Tienes el pulso más acelerado de lo normal, y eso es normal, es típico. Eso siempre ocurre cuando estás a menos de un metro de él. El semáforo cambió de rojo a verde, y de nuevo a ámbar.
Ella se aferraba a su camiseta de tirantes básica. Estaban sentados en el bordillo de la acera, sin embargo en ese momento estaba tocando el cielo.
Se sentía feliz, como nunca lo había estado. Se sentía querida. Y nadie antes de él había mostrado amor por ella. Amor por esa persona que se escondía tras aquellas gafas de pasta negras y aquella sonrisa tan bonita que pocos habían visto. Amor hacia el bicho raro de la clase. Amor hacia la callada e incomprendida Verónica. Amor hacia aquella chica que jamás se había soltado el pelo delante de nadie.
-Dime que esto es para siempre, Lucas.- Le rogó ella, ante la mirada atenta de aquel gato negro que buscaba cobijo debajo de aquel contenedor.
-Que esto es para siempre, Lucas.- Repitió él, burlón. Imitó su tono de voz, y los dos acabaron riéndose.
-Venga, ya en serio, jolín.- Protestó Verónica.
-Te amo, y siempre será así.
-Prométemelo.
-Te lo prometo.
Y se besaron, y se besaron, y se volvieron a besar.
Pasaron unos minutos, hasta que Verónica miró su reloj.
-Son las once, tengo que subir ya a casa, o me castigarán.
-Bueno, sube.
Los dos caminaron hasta el portón del edificio de Verónica, y se despidieron con un beso en la boca.
-Te amo, nunca lo olvides.- Le gritó Lucas, cuando la puerta ya se había cerrado, y ella, feliz, empañó el cristal de la puerta con su aliento, y dibujó un corazón con su dedo.
Él sonrió.
Pero entonces, su mente le traicionó, y pensó en Alma.
Esa chica bonita de pelo rubio y ojos preciosos.
La misma chica bonita que tan amiga de Verónica era.
Y se sonrojó.
Cuando abrió los ojos, Verónica ya se había subido en el ascensor.
Y él, sacó las llaves de la moto de su bolsillo.
Se subió, la arrancó, y recorrió las calles de Madrid en aquella noche tan fría.

-Ya estoy en casa.- Comentó Verónica cuando entró.
Lo único que encontró como respuesta fue silencio.
No se había acostumbrado aún a que sus padres se hubiesen ido a pasar el fin de semana a Mallorca.
Si se hubiese acordado, habría invitado a subir a Lucas y habrían dormido juntos.
Corrió hacia el balcón para comprobar si Lucas se había ido ya o no.
Pero ni rastro de él ni de su moto.
-Ya se ha ido a su casa.- Se dijo a sí misma en voz alta.
No sabía hasta que punto era verdad eso.

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